
En todo existe un origen, por ende existe la más famosa pregunta existencial: ¿quién nos creo y porqué propósito? Eludiendo el juicio religioso, la ciencia ficción pretende explicar temas filosóficos utilizando la ciencia como propulsor de sus historias, pero siempre caen en la dualidad de la interpretación que, a grandes rasgos, se agradece bastante a dejar al juicio del espectador la solución final.
En el 2009 arquéologos encontraron grabados de hace 3.500 de años aproximadamente, donde aparecía un gigante señalando las estrellas. Ese mismo dibujo se repetía en distintas culturas en distintas épocas. Por ello, en el año 2091, una ambiciosa expedición parte a buscar el origen de aquellos dibujos cuyo trazado les indicó un planeta a millones de años luz de la Tierra. La expedición logra aterrizar en aquel planeta (¿desolado?) hostil y se encamina en uno de los más grandes, y mortíferos, descrubrimientos de la ciencia: el origen del hombre.
La película rinde culto a los clásicos de ciencia ficción dando pequeños y sutiles guiños a 2001: A Space Odyssey y al clásico directo de Ridley Scott, Alien: El Octavo Pasajero. Pues claro, está película es la precuela.
Todo en la misma marcha muy bien: excelente ritmo, precisos efectos especiales y una banda sonora tensa y claustrofóbica, que une las maravillas del descubrimiento con los peligros del mismo. Pero todo ello se opaca con el apartado artístico. Genialmente utilizado los diseños de H. G. Giger en toda la película. Diríase que tan sólo esas formas, y su preciosa fotografía fría y oscura, generan todo el ambiente. Más allá de las actuaciones o de las escenas de acción, tan sólo me quedo con las escenas oníricas de los paisajes y de los diseños de las naves.
Las actuaciones son precisas, ni más ni menos. Casi que el director quizo enfocarse en la historia y diseño más que en ellos. Se nota en algunas escenas, pero ello no decae en calidad gracias a los actores que supieron llevar sus personajes muy bien.
Si bien la historia es simple, muy simple, es el transfondo filosófico su gran fuerte. Es muy probable que le ocurra lo mismo que a Blade Runner hace 25 años (tan sólo es cosa de revisar las críticas existentes) ya que la gente ha perdido afecto a películas de ciencia ficción de corte clásico con una lentitud en las tomas y gran tensión sin sangre.
Diría que es un logro, algo ñoño, de Ridley Scott en su filmografía. Digna de verse varías veces.

Guy Ritchie vuelve a tomar el timón para adentrarnos en otra historia de misterio y humor negro de su reestructurado Shelock Holmes, que si bien no se basa en un cien por ciento en el personaje creado por Arthur Conan Doyle, si rescata su escencia, su astucia, inteligencia e ironía respectiva.
En esta segunda parte, Holmes sigue las pistas del profesor Moriarty, un genio a su nivel y maestro del crimen que planea cambair el rumbo de la historia a su favor. Es motivo de esto, y de sus ansias de buscar casos difíciles (¿les recuerda Dr. House?) que Holmes vuelve a contar con Watson para detener a Moriarty y sus maléficos planes.
Si bien la historia es simple, su desarrollo está estructurado de tal manera que no sobren ni falten minutos de diversión, los cuales recuerdan las viejas series de detectives o de misterio, donde el humor era un ingrediente ideal y satírico del mundo. En “A Game Of Shadows” esta imagen yace en su esplendor en toda la película, dando en cada escena un toque de absurdo y humor inteligente digno de ser usado para enseñar a futuros guionistas.
La ambientación es tan bien lograda como la primera parte, pero su ritmo es notablemente mejor. Ya sea que esta segunda parte es más larga que su antecesora, se aprecia más corta debido a su rapidez y constante acción. Reinan las escenas slow-motion, disparos y golpes; pero no aburren. Punto a favor a Guy Ritchie que usa su mismo talento depositado en la notable “Snatch” para guiar los juegos de sombras de Holmes.
Ni el final deja con gusto a poco, quizás unos cabos sueltos, pero que pueden usados para una posible tercera parte.
Quizás lo más negativo de la película sea la muerte de un personaje escencial en la vida de Holmes (respecto a los libros), pero esa es una visión mucho más personal.

Burton va en franca caída hacia un abismo tan oscuro y tenebroso como la más oscura de sus pesadillas. Sí, desde el engendro de Alicia en el País de las Maravillas, Burton ha mostrado cierta desorientación. Con Alicia se la jugó con un artefacto cambiado, una historia donde Alicia es ya mayor y cercana al matrimonio, lo cual ya fue un cambio no menor en el relato y condicionó completamente la película. Además ya mostraba baches en el ritmo de relato.
Con Dark Shadows se confirma la tendencia. Primero toma la historia de la serie de los ‘60 y trata de reducirla al metraje de una película, tal ejercicio no está exento de riesgos como ha pasado con otros trabajos con similares resultados como lo fue la versión de Hulk hecha por Ang Lee.
Burton no es capaz de aprovechar la historia. En lo visual y técnico, la puesta en escena es limpia, el uso de colores y ambientación es meramente formal, pero no logra aportar lo suficiente a la construcción de la historia. La elección de la música de Carpenters si bien ayuda a situar temporalmente la película, afecta demasiado el ritmo de la película.
Un ejemplo de ritmo, los primeros 8 minutos introducen muy bien la historia, ya sabemos porque Barnabas termina siendo un vampiro, pero luego se cae en un bache de narración que no levanta hasta una o dos escenas.
La familia Collins en su disfuncionalidad recuerda la afectación de la familia de Joven Manos de Tijera.
Incluso más, ver a Deep interpretando a Collins es ver a Edward Scissorhands con un abrigo grande y pesado, igual de tieso, demacrado, afectado, carente de emoción, impávido.
Como cine de terror no logra siquiera atemorizar, como humor negro los pocos chistes no logran hacer reír. Como parodia de una época, no alcanza a representarla.
Solo se puede rescatar a Michelle Pfeifer, quien muestra un oficio único, y Chlöe Moretz quien hace la intervención más interesante con sus apariciones, pero que al mismo tiempo quedan solo en el efecto de la típica adolescente rebelde que solo busca atención, que pretende estar y ser dentro de su época, pero que está amarrada por su ambiente.
Burton se revuelve en su propio mundo, su propia estética, en repetir las fórmulas, pero ya no sorprenden… las sombras que creó para sorprendernos hace años, ahora lo envuelven y ciegan.

Otra historia romántica, menor, sin grandes pretensiones, pero es precisamente esa carencia de pretensiones lo que le juega a favor.
La premisa es simple, el destino te impulsa en la búsqueda de sentido a la vida, el cual normalmente será el amor.
Efron interpreta a un soldado en operaciones en Iraq, en su última incursión mueren compañeros y la foto de una mujer se convierte en un amuleto de protección que lo motivará en una búsqueda de agradecimiento. Pero esa búsqueda se va transformando en la pesquisa por el sentido de la existencia propia, el por qué y para qué estoy aquí, por qué yo sobreviví y no otros.
Taylor Schilling interpreta a la dueña de un canil que es la personificación del ángel protector, el alma solitaria y temerosa por el quiebre matrimonial, por la constante amenaza de la pérdida de la tutoría legal y material del hijo.
El soldado viene a dar la posibilidad de reencantarse con el amor.
Como todas las historias de amor de este tipo tienen un lento desarrollo y un antagonista (la ex pareja) que viene a entorpecer el logro del amor. Pero he aquí que se rescatan algunos aspectos de la historia.
Todos los personajes están en la búsqueda de sentido de su existencia, todos requieren enfrentar sus miedos, todos requieren abrazar el valor, todos escapan compulsivamente de la soledad, algunos lo lograrán y otros no.
Para ser una historia de amor se desmarca de las de su tipo en un aspecto como la medida contención de los personajes, se aleja del melodrama y la típica melosidad, no es necesaria demasiada azúcar para emocionar. Sin embargo esto mismo puede jugarle en contra si el espectador espera la típica historia de amor, si espera llorar para luego sorprenderse con el final aparentemente milagroso.
Dicho esto, sería mejor película si se eliminasen algunos minutos de metraje.
Una nota a parte, Zac Efron ya decidió alejarse de su rol de niño cantante (High School Musical) para demostrar que puede hacer algo más que mostrar su rostro y desarrollarse en roles más dramáticos.
(cainandabelbrothers)

Es muy poco frecuente encontrar películas de un ambiente, con un sólo personaje cuyo metraje e historia logren mantener al espectador sometido a la pantalla durante toda la cinta sin soltarlo por un segundo. Cuando se encuentran películas así, los aplausos no bastan para felicitarla.
Alfred Hitchcock es el maestro indiscutible del suspenso, y se sentiría orgulloso de ver que su legado de armar historias con pocos elementos y mucho contenido creando atmósferas paranóicas y claustrofóbicas siguiera vigente…y con mucha fuerza.
Buried narra la historia de Paul Conroy, un constratista enviado a Irak que despierta enterrado vivo en un ataúd de madera. Su único contacto con el mundo es un blackberry dejado allí a propósito con él con escasa batería. Tan sólo dispone de 90 minutos para salir de allí.
La historia parece muy simple, y lo es. Durante los 90 minutos de metraje la cámara no sale del ataúd de Paul y es tan sólo los diálogos por celular y la desesperación reinante la que logra un efecto único de pánico entre el espectador y el personaje. Un vínculo de impotencia de no poder ayudarle y una gran necesidad de matar a los responsables de su tormento.
La película es un autentico logro: una historia simple con un soberbio desarrollo. Gran uso de planos y efectos de cámara que logran hacer del ataúd un microuniverso a punto de sucumbir. La actuación de Ryan Reynolds es notable, desde el primer minuto ya logra convencer y el guión es tan minuciosos que permite un ritmo ideal para un film de un solo escenario cuya acción transcurre velozmente.
Una película para los amantes de Hitchcock y del suspenso bien construido. Claustrofóbica, cuyo final no será apto para seres sensibles.

Cada cierto tiempo podemos ver alguna película que nos plantea no solo un despliegue de aventura, sino que intenta dar algún contenido. Recordemos que Avengers proviene del comic, y como la mayoría de las historias de este arte contienen mucho más de lo que muestran.
Parasómnico hizo un acertado comentario respecto de la forma de Avengers, acción pura con escenas basadas en efectos especiales en su justa medida. Un guión buenísimo, de alta calidad donde las características de los personajes se explotan con excelencia.
El Dr. Bannen es un timorato paranóico preocupado de no dejar salir a Hulk, pero por fin cuando aparece, se agradece, se agradece ver a un Hulk desatado y aplastando todo lo que se le atraviese, incluso un dios (o dos), tal vez la mejor parte.
A Iron Man se le respeta incluso la pedantería e ironía desbordada.
Thor pone la moralidad del aprendizaje ya desarrollada en su película, mientras que el Capitán América busca su lugar en un mundo nuevo, entendiendo que nada ha cambiado mientras no cambie la naturaleza humana.
Avengers es una disquisición sobre la continua vuelta de los dictadores mesiánicos con discursos de libertad. Sobre el oscurantismo del poder tras el poder, sobre las marionetas. Sobre como el poder estúpidamente pretende controlar las fuerzas de la naturaleza.
Avengers es sobre cómo los freaks y disfuncionales pueden tal vez ser los únicos capaces de traer normalidad y cordura a la naturaleza humana.
Punto a parte el cameo y chiste de Stan Lee… “Superheroes? In New York? Give me a break!”… gracias Stan!
Cain & Abel Brothers

Hablar del estudio Ghibli es hablar de un monstruo de la animación que sólo puede equilibrarse con Pixar, aunque a éste último le falte para igualarlo en calidad y contenido. Osea, no necesita presentación.
Esta nueva película, basada en la novela “The Borrowers” de Mary Norton, nos lleva a la ciudad de Kogani, donde Sho, un joven de delicada salud, es llevado a un apartado y tranquilo hogar para poder vivir sin sobresaltos. Allí descubre a Arriety, una pequeña habitante, y a su familia de diminutos que viven allí hace años. Juntos sembraran una amistad con el conflicto de que ningún diminuto debe ser visto por los humanos. Ello llevará a la familia de Arriety a un esperado peligro.
¿Te suena conocido? Claro, en los noventa se estrenó una versión en carne y hueso de esta novela, orientada más a la familia y a la comedia. En ésta versión de Ghibli su orientación es más personal y llena de símbolismos.
Dirigida por el debutante Hiromasa Yonebayashi, la película nos narra una delicada y simple historia de fantasia y amistad, donde las pequeñas cosas tienen otra dimensión y los peligros son aún más horribles que nuestro mundo. La realización animada es notable. Los decorados y el color, y la sobrecarga de elementos en los escenarios, la hacen una obra compleja en su arte y digna de verse en una soberbia calidad. La minuciosidad de los detalles es increíble.
Pese a no ser la mejor obra del estudio, si es recomendable de verse. Una obra de animación artística donde lo simple se hace complejo y lo pequeño es un macrouniverso.

El concepto Dogma trajo consigo películas realizadas con el efecto “cámara en mano”, similar a la película casera pero con calidad de cine. Bajo este concepto se desarrolla Chronicle, una joya de la ciencia ficción que pasó sin pena ni gloría por el cine pero que de seguro el tiempo le dará los méritos que hoy no tuvo. ¿No pasó lo mismo con Blade Runner? Claro que si.
Andrew es un joven desadaptado con una familia desmonorada y una situación social de la misma índole. Un día decide comprarse una cámara y resgistrar su vida. En una fiesta va junto a Matt (su primo) y Steve a ver un misterioso agujero que emana un raro sonido. Dentro encuentran un artefacto que les otorga poederes telequinéticos. Ellos aprenden a usarlos, pero es el poder quien termina controlando a Andrew…
Hasta aquí parece un drama sci-fi para televisión, pero la acción no tarda y los calculados vuelcos en los personajes dan razón a no dejar la cinta de lado. De precisa duración, apenas unos 80 minutos, la historia de estos anti-héroes con problemas deja a todos eñ ansia de compartir su don (o maldición).
Los efectos visuales son increíbles, aún más con la sensación de “uno” ser la cámara y no un mero espectador. Los movimientos y la acción presente se siente hasta la médula. Los minutos pasan pero esta fuerza no deja ir a los espectadores. Un drama potente, simple, directo y con un toque de ficción sobrenatural que todos deseamos poner en nuestras vidas. Después de todo, ¿acaso nunca haz querido vengarte usando superpoderes?
Una película digna de convertirse en culto. Lástima su poca propaganda.

Desde que la mal desarrollada Hulk salió al cine, se habló de culminar la obra más ambiciosa de Stan Lee en la pantalla grande. Al final, se logró. Luego de presentar de forma individual a todos los personajes (resaltando las bien logradas Iron Man y The Incredible Hulk) para luego dar el toque de gracia con el primer trailer al final de Capitán América.
Desde el espacio, Loki planea conquistar lo que le han arrebatado y vengarse de su hermano Thor. Para ello colabora con un sombrío ejército para la destrucción de la tierra, lo que puede lograr gracias al poder del Tesseract. Pero S.H.I.E.L.D. se opondrá a ello reclutando a Iron Man, Hulk, Capitán América y Thor en sus filas para desatar la guerra.
La película parte simple y directa, sin medios planos ni sentimentalismos ni recuentos innecesarios. Es claro que se debieron ver las entregas anteriores para poder verla. La acción transcurre veloz y vivaz, lo cual se agradece y hace que las dos horas de duración sean una ilusión. Los efectos, lo mejor, precisos y sin caer en sobre uso de slow-motion o disparos y explosiones absurdas.
Pero lo mejor del film es su inteligente guión para transformar esta megaproducción comercial en un comedy-show en 3D. Las líneas y chistes son una delicia y se disfrutan más que todo lo demás. En si, el director supo aprovechar la personalidad de los personajes para recrear su total incorrección social-política en un suave cliché y crítica entre paréntesis del sueño americano. Ver a Iron Man y Capitán América peleando entre ellos fue lo mejor. Tanto así que nada sobra, ni diálogos, ni escenas. Pero claro, sigue siendo comercial….aunque da gusto disfrutarlo.
La película quedó con la vara alta, ¿será la obvia secuela capaz de igualarla, o mejor, superarla? Si tienen un Hulk, supongo que algo se podrá hacer.

Brad Bird abandona Pixar y sus animaciones meticulosas y potentes para dirigir la cuarta parte de la saga de Misión Imposible, la cual hace mención completa a su nombre.
Ethan Hunt (Tom Cruise) está preso en una cárcel rusa por un múltiple asesinato. Es cuando sus compañeros deciden rescatarlo para hacerlo partícipe de la misión irrisoria de entrar al Kremlin para obtener información sobre los códigos de bombas atómicas. Todo lo difícil resulta mal y el equipo Hunt es obligado a retirarse mediante el protocolo fantasma. Así este equipo debe aventurarse en salvar al mundo sin nada más que su astucia y escasos recursos. En si, imposible.
La película se plantea y sigue un ritmo sin freno, constante en su acción y escenas delirantes que asombran por su realismo. Brad Bird supo que como película de saga no puede caer en más que la entretención y lo logra magistralmente, siendo esta entrega la mejor hasta ahora. Ágil, divertida y de precisa duración. Actuaciones acordes sin caer en exageraciones de teleseries ni en vacíos argumentales. Divertidamente la misión se complica más y más con cada minuto y conlleva a un final esperado, pero no así flojo.
En si contiene todo lo que necesita una película de acción: historia simple, buen ritmo y excelentes efectos visuales y de cámara, coreografías de peleas y escenas absurdas que dan su cuota de humor. Es entretención imperdible.

El Ultimo Rey de Escocia es una muy interesante película no solo en cuanto, por un lado, biografía parcial del dictador ugandés Idi Amin sino que también, por otro lado, tesis sobre la estructura de las dictaduras sin importar la afiliación política de ellas, todas las dictaduras son iguales y utilizan los mismos mecanismos.
Una tercera línea argumental tiene que ver el drama humano y la naturaleza humana. El Dr. Nicholas Garrigan, quien recién titulado e impulsado por una mezcla de idealismo de juventud y la monotonía de un futuro cierto, seguro y continuo al lado de su novel padre como doctor de familia decide escapar y hacer algo por la humanidad, decide ir a un país donde sus dotes como médico sean más necesarios que en su Escocia. Y el inestable dictador Amin, hombre de origen pobre con paso por la milicia inglesa donde fue humillado incesantemente.
No importa la afiliación política del dictador de turno y por tanto de su dictadura, todas ellas hacen lo mismo, todas ellas ocupan los mismos mecanismos de control, tienen las mismas estructuras. ¿O alguien conoce una dictadura que no se personalice?, ¿alguien conoce una dictadura que no implemente unidades de seguridad estatales?, ¿alguien conoce si alguna de estas unidades de seguridad no aplicaron técnicas de tortura?, ¿alguien conoce alguna dictadura en la cual no desaparecieron tanto detractores como población inocente?, ¿alguien conoce algún dictador que no estuviera obsesionado con su propia figura e incluso con un sueño prácticamente mesiánico encarnado por él mismo?, ¿alguien conoce algún dictador que no dijera “la patria soy yo”?, etc.
Podríamos continuar pero sinteticemos en una buena historia correctamente contada por Kevin McDonald, y la tremenda actuación de Forest Whitaker como el dictador Amin. Decir que Whitaker en cada una de sus interpretaciones nos regala personajes muy cuidados, tal vez no te identifiques con sus personajes, no sientas que ellos son una proyección de ti mismo, pero te recuerdan a alguien que viste en la calle, a ese amigo del amigo que no te dejó indiferente.

Una pupila y un iris a pantalla completa. Inmediatamente se viene a la memoria el ojo en “El Perro Andaluz” de Luis Buñuel y el detector en “Bladerunner” de Ridley Scott. Ya me hizo dudar.
Pasamos a la ahora tan típica cámara en movimiento, nunca quieta, siguiendo a la par, primero los pasos pesados, torpes y decididos de Violeta en un bosque para luego entrar al plano abierto, un caminar incesante, una búsqueda incesante, marcando con esta escena el resto de la película, un resumen de la misma.
Una pequeña Violeta dará luz a lo que veremos a lo largo de la película, muda aparentemente incapaz de expresarse pero clara en su amor, un amor infantil, de todo o nada. En cierta forma se presenta a Violeta víctima de sí misma, víctima de su pasión por su propio arte, una mujer que erróneamente se siente incapaz de transmitir, en sus propias palabras, “la vida”. La evidencia demuestra todo lo contrario.
Su amor infantil, incontrolable, la lleva al desenlace fatal que todos conocemos. Pero no fue solo su amor, sino que también su propia incapacidad de expresarlo maduramente, inmadura en esencia.
Lo bueno: un fresco sobre la dimensión humana de Violeta Parra y algunas claves para entender su obra. Pero entendamos algo, es la interpretación audiovisual de Andrés Wood sobre un guión trabajado junto a Angel Parra, sobre la interpretación de Angel Parra sobre la vida de su madre. No esperen ver la realidad de Violeta Parra, sino que un pálido reflejo de la realidad que le tocó vivir y construir a través de los ojos de su hijo, a través de los ojos del director. Ni tan bueno ni tan malo.
Lo malo: demasiado larga para lo que quiere decir y contar, lo que la convierte en otra película de Andrés Wood (lo mismo pasó con Machuca, la cual con quince minutos y hasta media hora menos sería excelente, mal endémico del cine chileno, la falta de síntesis, principio fundamental del cine en sí). La pretensión artística y los guiños metafísicos con el plano detalle inicial y final del iris y pupila a pantalla completa.

¿Es la vida un juego de fortuna?, ¿es un deporte un simple juego de azar?.
Monneyball se aleja de las casi ya tradicionales aunque escasas películas sobre deportes, donde la mayoría se convierte en una apología del esfuerzo y el espíritu en pos del triunfo, o del triunfo del espíritu sobre sí mismo.
Monneyball, sin alejarse demasiado de ello, da una lectura distinta, se enfoca en el gerente general de los Oakland Athletics, Billy Beane, quien carga con el fracaso en su vida y sin embargo persiste. Pero toda esa carga se convierte en motivación para Billy Beane, quien buscando hacer de su equipo un protagonista se convence de que es necesario hacer cambios radicales en el sistema de estructuración de un equipo de baseball (y por extensión al juego en sí), y es así como conoce a Peter Brand, economista que construye un complejo sistema estadístico con el cual elegir a los jugadores sobre la base de un análisis de sus fortalezas y de su rendimiento histórico. Las implicaciones son profundas, primero construir equipos ganadores a bajos costos y por otro restar peso a los buscatalentos, especuladores vendedores de ilusiones. Aquí, Moneyball se convierte en otro ejemplo de innovación en los negocios.
Eso en la arista economicista de la película, en lo personal Beane refleja un conocimiento profundo del negocio, porque eso es el baseball profesional. Beane no es un romántico, de hecho ironiza con ello, menciona que “es difícil no ser romántico… (el romanticismo) vende tickets y hot dogs”, comprende mejor que nadie la lógica del hincha y que este solo cede ante el triunfo en el último juego. Comprende que cuando es necesario acercarse a sus empleados es una estrategia para sacar de ellos lo mejor y ponerlo al servicio del negocio.
Moneyball es un iceberg, no apela a las emociones facilistas, a la exaltación fugaz del espíritu, es una película fría, lenta, tan fría y lenta como el juego que le da excusa. Muy por el contrario apuesta por el proceso sin fin, infinito, por el viaje constante, por la apuesta de alto riesgo que implica reconocer que en un mundo real las relaciones de trabajo se construyen sobre confianzas frágiles, la economía lo atraviesa todo y en consecuencia aprende a jugar dentro de ella, para que puedas llenar aquello que es fundamental y verdadero, los afectos vitales que te seguirán para el resto de la existencia. Apuesta a que nunca te rindas.
Punto a parte es la interpretación de Pitt, quien por momentos recuerda al mejor Robert Redford.

Es fácil entrar en la enumeración de cómics llevados a la pantalla grande, algunos (por no decir pocos) con éxito, otros logros menores o discretos y rotundos fracasos que los fans del cómic se dedican a denostar como simples traiciones a los originales.
Una versión de Flash Gordon fue llevada al cine por Mike Hodges en 1980, al alero del ya histórico productor Dino De Laurentiis. Flash Gordon es sólo una simple historia donde el chico bueno vence al malo y se queda con la jovencita, con una ambientación en otros mundos. Es precisamente esta simpleza de la historia la que le concede a Hodges la posibilidad de hacer una aceptable y leal adaptación del cómic.
Por supuesto que pese a lo dicho se pueden rescatar algunos elementos. Flash Gordon es un personaje simple, por no decir simplón, similar en su ética infantil y pedestre a Superman. Es el futbolista americano exitoso y modelo de conducta moral protestante tan del gusto estadounidense, que al mismo tiempo cede a la tentación sexual representada por la Princesa Aura, mujer notablemente exótica para el mundo estadounidense (interpretada excelentemente por Ornella Muti quien fuera uno de los íconos sexuales de los ochenta). Sin embargo el niño rubio enmienda el camino y decide regresar a salvar a la periodista neoyorkina Dale Arden, así todo queda en casa.
Para variar es un yanqui el que no solo salva el mundo, sino que además salva a otros mundos de la tiranía del Emperador Ming, analogía de cómo el yanqui salva a su querido Estados Unidos y de pasada logra que otros mundos se unan para enfrentar la tiranía extranjera, sea cual sea esta.
Qué decir de una banda sonora con el mas que notable aporte de Queen, extraordinario tema central. Nuevamente recordar las tremendas interpretaciones de Ornella Muti como la hermosa Princesa Aura y de Max Von Sydow como el tirano Emperador Ming, uno de los mejores y más versátiles actores de su época. Después de todo si quieres distraerte un rato, puedes revisitar esta versión de Flash Gordon, pero no te hagas grandes esperanzas.

El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha es la mayor obra escrita en español, es el mayor compendio de sabiduría popular ya que por su validez atraviesa las barreras temporales, puesto que se enfoca en un elemento fundamental, el profundo conocimiento de la naturaleza humana.
Los soñadores seguirán existiendo, los pesimistas seguirán existiendo, los realistas seguirán existiendo. El acomodado libertario sin darse cuenta se convierte en algo más que un loco, en algo más que un bufón, se convierte en un modelo del hombre enfrentado a la existencia, “ser virtuoso es ser ridículo”. Sancho, el pobre e ignorante campesino que sigue al loco por la promesa de riqueza y sin embargo ya en ella se convierte en otro libertario en la línea de Thoreau, quien pone su fe en el hombre que enjuicia por si mismo la verdad y la mentira sin la intervención de otros, “ya que comprendéis y distinguís entre la verdad y la justicia ¿por qué no vivís todos en paz según la verdad y la justicia?”. Pero la realidad lleva a tirar por tierra ese ideal, por ser un ideal.
El Quijote es una síntesis de la vida, en la versión rusa de Kozintsev incluso se atreve a criticar la lucha de clases (muy propio del comunismo), pero entre líneas se puede ver una crítica a las elites las cuáles no reconocen colores políticos. Las elites siempre son iguales y siempre funcionan de las mismas formas, siempre tratarán de las mismas formas a los locos y pobres, solo son juguetes o marionetas en la comedia que es la vida.
Destacar las actuaciones de Nicolai Tcherkasov como el Quijote, desgarbado como el personaje este actor solo muestra su pericia y maestría ya expresada en Alexander Nevsky e Iván el Terrible. Vladimir Tovlbiev recrea con justa medida al Sancho literario.
Nunca está demás ver historias clásicas en visiones distintas.